La gente pasaba ante sus ojos sin cesar. Siempre le había gustado detenerse unos segundos en las personas que veía e imaginar cómo serían sus vidas. Esta costumbre la había aprendido de su madre. Ella lo hacía como un juego, cuando estaban en la playa o el parque pasando el día. 

De repente, una señora que caminaba hacia él, llamó su atención. Iba vestida con ropas muy coloridas y un sombrero con más colores aún. Permaneció mirándola, imaginando que ese mismo día, antes de salir de su casa, sus hipotéticos hijos habían intentado persuadirla de su vestimenta. Pero ella se había negado. La imaginaba como una mujer fuerte, directa, que había decidido que sus decisiones estarían por encima de los dictámenes sociales.

Fotografía de Fabio Neo Amato en Unsplash

Cuando la mujer llegó a su localización, se percató de que él la estaba mirando. Entonces se detuvo, se giró y le miró fijamente. Vaya ojos… Eran de una tonalidad gris, exactamente igual que los de su abuela. Una abuela que había aparecido frecuentemente en sus pesadillas de la infancia, castigándole a él y a su hermana, o gritándole a su madre. Desde entonces, siempre se había sentido culpable por no haberle plantado cara. Quizá si hubiese hecho algo, su madre hubiera sido más feliz, quizá su padre no se hubiese ido… Pero él sólo era un niño entonces, no podía hacer nada. O quizá sí, podría haber sido más resolutivo y haberle dicho que se metiese en sus asuntos.

Tras un buen rato sumergido en sus pensamientos, volvió a prestar atención a su entorno. La mujer hacía bastante tiempo que había continuado su camino. Sin embargo, aquella mirada, la mirada de su abuela, le acompañó durante todo el día. Incluso, aunque él no quisiera pensar en ello, estuvo presente en su mente durante toda la semana. Una semana que se le hizo muy complicada y triste.


Nuestras experiencias y recuerdos se conectan de maneras muy diversas. Un pequeño detalle puede provocar que una situación se asemeje a otra ya vivida. Esto es una gran ventaja evolutiva, dado que permite al ser humano adaptar su comportamiento en función de sus aprendizajes previos. No hay necesidad de reaccionar ante cada experiencia como si fuese la primera vez que la vive. Esto nos da un mayor control sobre nuestra vida y nos permite relacionarnos con el entorno con una mayor seguridad.

A pesar de lo anterior, en ocasiones esta capacidad nos trae problemas. Por ejemplo, puede hacer que reaccionemos de manera desmedida ante una situación o que anticipemos consecuencias dramáticas frente a situaciones inocuas. Por este motivo, los enfoques terapéuticos actuales hacen hincapié en la forma en la que nuestros pensamientos se mezclan con la realidad y en las reacciones que tenemos hacia los pensamientos, como si estuviesen ocurriendo. Este es el caso de la fusión pensamiento-acción, central en el Trastorno Obsesivo Compulsivo; o la fusión pensamiento-forma, de gran relevancia en los Trastornos de la Conducta Alimentaria.

Existen diversos entrenamientos para conseguir experimentar nuestros pensamientos, separándolos de la realidad que vivimos y consiguiendo que no reaccionemos automáticamente ante ellos. Si te interesa conocer más acerca de estos procedimientos o consideras que estos mecanismos pueden estar incidiendo negativamente en tu calidad de vida, no dudes en contactar con nosotros.