Ana sufrió hace dos años un accidente cerebrovascular (ACV) isquémico, también conocido como ictus. Este accidente afectó a varias regiones de su hemisferio cerebral izquierdo, entre las que se encontraban el área de Broca y algunas zonas adyacentes, así como regiones insulares anteriores. Como consecuencia, Ana presentó un cuadro afásico que afectó mucho a su comunicación y dificultades para mover el lado derecho de su cuerpo. Tras la rehabilitación, en la que el abordaje multidisciplinar jugó un papel fundamental, Ana consiguió grandes mejoras en su motricidad y su comunicación. Sin embargo, ahora se encuentra mucho más preocupada por su hija Isabel que por su estado de salud.

 

Isabel es la hija mayor de Ana. Siempre se ha implicado mucho en todas las dificultades de su familia. Tras el ACV de su madre, Isabel se volcó en la rehabilitación, participando activamente en los ejercicios pautados para recuperar el movimiento. Además, colaboró mucho en el abordaje neuropsicológico de Ana, basado en el método PACE (Promoting Aphasics Communicative Effectiveness).

A pesar de todo, Ana ha notado que su hija últimamente está muy nerviosa. En ocasiones la ha visto llorar en su habitación, cuando Isabel creía que nadie la observaba. Ante esta situación, Ana ha decidido contárselo a su neuropsicóloga. Ella le ha explicado que durante el tratamiento de las afasias suelen aparecer muchas complicaciones emocionales. Esto no solo se da en los pacientes, sino también en los familiares. Por ello, le ha pedido que en la próxima consulta acuda con Isabel, para evaluar su caso y valorar la mejor forma de ayudarla.

Los ACV son una de las principales causas de discapacidad en nuestro país, con una prevalencia de 200 casos por cada 100.000 habitantes. En torno al 30% de los ACV generan cuadros afásicos. En la rehabilitación de las afasias, la participación de los familiares es primordial. Se requiere mucha implicación por su parte durante todo el proceso. Se les forma en mecanismos alternativos de comunicación, se les educa en cuanto al pronóstico esperable, se les dan pautas para los cambios en su comportamiento que puedan aparecer, etc.

Todo esto hace que el proceso terapéutico se complique considerablemente para los familiares. Varios de ellos desarrollan dificultades emocionales y en algunos casos aparecen síndromes como el burnout del cuidador. Por ello, el papel del psicólogo con los familiares de pacientes con daño cerebral adquirido es muy importante.

La ventilación emocional, aprender estrategias de contención emocional y de modificación de conducta, aplicar pautas de afrontamiento adecuadas y la reestructuración de creencias disfuncionales, son algunas de las herramientas psicológicas que pueden marcar la diferencia entre vivir un suplicio o conservar la calidad de vida.